domingo, 8 de febrero de 2009

El luchador (The Wrestler).

Cuando le entregaron el León de oro en Cannes, el crítico Carlos Boyero de El País comentó que con The Wrestler su director, Darren Aronofsky, había demostrado ser capaz de contar historias con sentimiento y complejidad, lejos de moderneces delirantes.

Hasta la fecha, Aronofsky había realizado películas extremadamente complejas, tanto a nivel visual como narrativo. Solo hay que recordar que es el autor de Pi. Fe en el caos, Réquiem por un sueño o la discutidísima La fuente de la vida. Esta particularmente dividió a público y crítica. Para unos era una bella historia de amor, más allá del espacio y del tiempo -a modo de 2001. Una odisea del espacio-, para otros era un delirio apoyado por una troupe de admiradores.

Sin entrar en estas discusiones, lo que si es cierto es que con El luchador (The Wrestler) el director, nacido en Brooklyn, se ha reinventado. Para esta cinta ha elegido un tema bastante clásico en el mundo del cine, con variantes, el del boxeador fracasado. Este ha ido apareciendo a lo largo de la historia en la pantalla en múltiples ocasiones, desde Glory alley hasta Millor dollar baby. Aunque, en este caso, en lugar de boxeo hablamos de un luchador de wrestling. Randy The Ram Robinson, un magníficamente doloroso Mickey Rourke, que tras la gloria y el éxito en los ochenta, ahora malvive en una caravana. Trabaja en un supermercado y continúa luchando en lugares infectos. Pero un día se le presenta una oportunidad, reeditar uno de sus grandes combates, contra El Ayatollah. Esto le volvería a poner en primera fila.
Sin embargo, un ataque al corazón parecer frustrar sus planes. Es entonces cuando sabe que el tiempo se le acaba. Intenta recuperar a su hija, a la que había dejado atrás. Igualmente busca el amor en una bailarina de striptease (también genial Marisa Tomei).

Darren Aronovsky ha construido una película, visualmente, extremadamente sencilla. Su historia es casi mas propia de una canción de Tom Waits o un cuento de Bukowski, la de unos perdedores que intentan enganchar un tren que les proporcione la última oportunidad de ser algo en la vida. Igualmente es la historia de gente que vive siendo lo que no es. Randy, es un luchador en combates preparados, idolatrado por el público, pero que luego intenta que no le reconozcan en el comercio donde trabaja.. Cassidy, la stripper, ha colocado una línea entre ella como individuo y su trabajo, en el que -como Randy- representa el papel que se espera de ella.
Tampoco olvidemos a la hija del luchador (Eva Rachel Wood), quien intenta vivir de la ilusión de que su padre puede actuar como tal.
Son todos personajes abatidos por la diferencia que hay entre la imagen que da cara al público y lo que realmente son, machacados por la vida a los que, en el mejor de los casos, solo les queda una oportunidad.
Realmente gran parte de la trama gira en torno a la mentira y lo que supone vivir en ella. El dolor de Randy y los luchadores es real, pero el público disfruta de combates que no lo son. Los clientes admirar una imagen de Cassidy que no es la real, solo es la proyección de si misma que mantiene para soportar su trabajo.

Es una cinta magnífica, hermosa, dura y a la vez triste. Rodada de una manera tremendamente clásica. Nada nos aleja de lo que importa, esos personajes maltratados. ¿Qué decir de Mickey Rourke que no se haya dicho ya? Está genial. A veces, mientras lo veía interpretando, pensaba que en el fondo esta no era ni más ni menos que la historia de su propia vida. La caída, del éxito a la nada. Su interpretación es, sencillamente, impresionante. Su aspecto, sus tatuajes, las marcas en su cuerpo que no parecen ser más que las que la propia vida ha ido dejando en él. Su cara, todo en él es Randy. Un ser que solo logra vivir, ser su imagen, cuando está en un ring. Cuando el público le aclama, pero que no puede afrontar el combate con la vida. Y lo mismo sucede con Marisa Tomei y su personaje, al que tampoco querría olvidar, tan herida como el veterano luchador, que ha construido una barrera frente al mundo.

La dirección es detallista, a un panorama triste y urbano, en el que abundan las miradas íntimas y en el que se establecen hermosos paralelismos. Sólo hay que ver la escena en la que The Ram va a trabajar por primera vez en carnicería, montada como si fuera su entrada al ring, o el momento en el que deja el trabajo.

Es una historia genial, que se ve con un nudo en el estómago. Al verla reconcilia al espectador con una manera de ver y entender el cine extremadamente sencilla y, a la par, hermosa. ¿Lo peor? al verla, luego es posible que cualquier otra película, en comparación, parecezca mucho peor.

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