viernes, 22 de mayo de 2009

James G. Ballard (1930-2009).

Hace poco más de un mes fallecía James Graham Ballard y no quería dejar de dedicarle un poco de espacio. Autor inglés, en su relación con el cine, quizás su aportación más popular vino de la mano de Steven Spielberg con la adaptación de la autobiográfica El imperio del Sol. En ella, un jovencísimo Christian Bale encarnaba al Graham que vivía en Shanghai durante la II Guerra Mundial, cuando la ciudad fue ocupada por el ejército japonés y los extranjeros recluidos en campos de concentración.

Pero muy probablemente la adaptación más fiel, al menos en su espíritu, de una obra de Graham fue la que realizó David Cronenberg de la novela Crash.

La visión de Ballard del mundo era muy personal. Pesimista, descreída, por la que pululaban individuos que bordeaban la locura y la autodestrucción.

En qué creo
James G. Ballard
Creo en el poder de la imaginación para rehacer el mundo, liberar la verdad que hay en nosotros, alejar la noche, trascender la muerte, encantar las autopistas, congraciarnos con los pájaros y asegurarnos los secretos de los locos.

Creo en mis propias obsesiones, en la belleza de un choque de autos, en la paz del bosque sumergido, en la excitación de una playa de vacaciones desierta, en la elegancia de los cementerios de automóviles, en el misterio de los estacionamientos de varios pisos, en la poesía de los hoteles abandonados.

Creo en las pistas de aterrizaje olvidadas de Wake Island, señalando a los Pacíficos de nuestras imaginaciones.

Creo en la belleza misteriosa de Margaret Thatcher, en el arco de sus fosas nasales y el borde de su labio inferior; en la melancolía de los conscriptos argentinos heridos; en las sonrisas perturbadas de los empleados de estaciones de servicio; en mi sueño sobre Margaret Thatcher acariciada por ese joven soldado argentino en un motel olvidado, observados por un empleado de estación de servicio tuberculoso.

Creo en la belleza de todas las mujeres, en la perfidia de sus fantasías, tan cerca de mi corazón; en la unión de sus cuerpos desencantados con los rieles de cromo de las góndolas de supermercado; en su cálida tolerancia de mis propias perversiones.

Creo en la muerte del mañana, en el acabamiento del tiempo, en la búsqueda de un tiempo nuevo en las sonrisas de las mozas de los bares de las rutas y en los ojos cansados de los controladores de tráfico aéreo en aeropuertos fuera de temporada.

Creo en los órganos genitales de los grandes hombres y mujeres, en las posturas corporales de Ronald Reagan, Margaret Thatcher y la Princesa Diana, en el suave olor que emana de sus labios cuando miran a las cámaras del mundo entero.

Creo en la locura, en la verdad de lo inexplicable, en el sentido común de las piedras, en la demencia de las flores, en la enfermedad reservada para la raza humana por los astronautas del Apolo.

No creo en nada.

Creo en Max Ernst, Delvaux, Dalí, Tiziano, Goya, Leonardo, Vermeer, de Chirico, Magritte, Redon, Durero, Tanguy, el Facteur Cheval, las torres Watts, Bocklin, Francis Bacon, y en todos los artistas invisibles dentro de las instituciones psiquiátricas del mundo.

Creo en la imposibilidad de la existencia, en el humor de las montañas, en lo absurdo del electromagnetismo, en la farsa de la geometría, en la crueldad de la aritmética, en las intenciones asesinas de la lógica.

Creo en las adolescentes, en la corrupción que hay en ellas sólo por la postura de sus piernas, en la pureza de sus cuerpos desaliñados, en los rastros que sus partes pudendas dejan en los baños de moteles miserables.

Creo en el vuelo, en la belleza del ala, y en la belleza de todo lo que alguna vez haya volado, en la piedra arrojada por un niño pequeño que lleva en sí misma la sabiduría de los estadistas y de las parteras.

Creo en la amabilidad del bisturí, en la geometría sin límites de la pantalla de cine, en el universo oculto dentro de los supermercados, en la soledad del sol, en la locuacidad de los planetas, en la redundancia de nosotros mismos, en la inexistencia del universo y el aburrimiento del átomo.

Creo en la luz que arrojan las videograbadoras en las vidrieras de las grandes tiendas, en la agudeza de las parrillas de los radiadores en los salones de venta de automóviles, en la elegancia de las manchas de aceite sobre las barquillas de los motores de los 747 estacionados en las pistas de los aeropuertos.

Creo en la no existencia del pasado, en la muerte del futuro, y en las infinitas posibilidades del presente.

Creo en el desarreglo de los sentidos: en Rimbaud, William Burroughs, Huysmans, Genet, Celine, Swift, Defoe, Carroll, Coleridge, Kafka.

Creo en los diseñadores de las Pirámides, el Empire State, el bunker del Fuhrer en Berlín, las pistas de aterrizaje de Wake Island.

Creo en la fragancia del cuerpo de la Princesa Diana.

Creo en los próximos cinco minutos.

Creo en la historia de mis pies.

Creo en las migrañas, el aburrimiento de las tardes, el temor a los calendarios, la traición de los relojes.

Creo en la ansiedad, la psicosis y la desesperanza.

Creo en las perversiones, en el amor obsesivo por los árboles, las princesas, los primeros ministros, las estaciones de servicio abandonadas (más bellas que el Taj Mahal), las nubes y los pájaros.

Creo en la muerte de laa emociones y el triunfo de la imaginación.

Creo en Tokio, Benidorm, La Grande Motte, Wake Island, Eniwetok, Dealey Plaza.

Creo en el alcoholismo, las enfermedades venéreas, la fiebre y el agotamiento.

Creo en el dolor.

Creo en la desesperanza.

Creo en todos los niños.

Creo en mapas, diagramas, códigos, juegos de ajedrez, rompecabezas, tableros de horarios de vuelos, carteles indicadores de los aeropuertos.

Creo en todas las excusas.

Creo en todas las razones.

Creo en todas las alucinaciones.

Creo en toda la rabia.

Creo en todas las mitologías, recuerdos, mentiras, fantasías y evasiones.

Creo en el misterio y la melancolía de una mano, en la amabilidad de los árboles, en la sabiduría de la luz.

8 comentarios:

  1. Muy grande Ballard. Crash es un libro tan transgresor como imprescindible. El film de cronenberg recoge su espíritu pero se quedaba algo corto.

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  2. Crash, como libro es muy bueno, en su tema y en la manera tan... fría en la que está escrito. La película no es tan directa como el libro, pero si mantiene esa idea presente en el mismo.
    Saludos

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  3. Nunca he leído nada de Ballard, y me lo llevan recomendando desde hace un tiempo (¿quizá tú también me lo recomendaste una vez?) A ver si corrijo esa carencia! ¿Por qué libro me aconsejarías empezar?

    Por cierto, ¡No sabía que el Imperio del Sol era autobiográfica!

    Saludos!!

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  4. Hola Juanjo, ¿qué tal?
    Creo, puede ser que sí... más que nada porque es una de las recomendaciones que suelo hacr :D

    Y si, es autobiográfica y continuada por "La bondad de las mujeres". Como curiosidad, tiene un cuento llamado "Campo de concentración", si no recuerdo mal, que se situaba en Gran Canaria.

    Saludos.

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  5. El imperio del Sol me parece una de las mas infravaloradas de Spielberg y sobre Crash.... ¡no la he visto! y mira que me gusta Cronemberg. Nada, deberes: Orden asignado lista de espera:23453

    Saludos!

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  6. Pues así es, pero también es que sufre un tópico... película de Spielberg con niño de por medio.
    Crash... es una asignatura pendiente :D
    Echale un vistazo, me gustará leer tu opinión.

    Saludos

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  7. A mí me encantó la adaptación que hizo Cronenberg de Ballard en "Crash" (libro que tengo pendiente; aunque mucha gente dice que es malo, aprovecharé que se ha reeditado). Es sublime en muchos sentidos; aunque creo que no fue muy bien comprendida por el público y la crítica. Es llegar más allá del morbo sexual típico y tópico.
    Me ha gustado mucho leer el memorial de Ballard. Hay algunas verdades como puños.
    Muy buen recuerdo del director fallecido.
    ¡Saludos!

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  8. Por cierto, jeje, que lapsus... Juanjo... yo te recomendaría, a tí y a cualquiera que quiera.... "iniciarse" por Mitos del futuro próximo o por cualquiera de sus recopilaciones de cuentos... y dejar para el final La exhibición de las atrocidades que, siendo un gran libro, puede ser muy duro de golpe.

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