lunes, 25 de enero de 2010

Celda 211.

La cárcel, las prisiones y sus internos han tenido siempre una especial relación con el cine. Encerrar a hombres (y mujeres), privándoles de toda libertad -más allá de la que encuentren en sus cabezas- le da a las relaciones humanas un nuevo significado. Transformar a los presos en bestias, objetos privados de libertad hace que todo, que muchas veces se magnifica. Las relaciones pasarán a ser de poder o dependencia, convirtiéndose en un reflejo -a veces grotesco- de nuestra realidad.

En Celda 211 acompañamos a Juan Oliver (Alberto Ammann). El día antes de comenzar a trabajar como funcionario en una prisión acude a ella para conocer el centro. Pero justo, ese día, comienza un motín. La única esperanza que le queda para sobrevivir es hacerse pasar por un recluso más y ganarse su confianza.

Hay varias cosas que me gustaría destacar de la película, dirigida por David Monzón y en la que adapta la novela de JFrancisco Pérez Gandul. De un lado el aspecto a formal. La historia se desarrolla en tres escenarios, bastante definidos, que se van interrelacionando en diversos momentos -casi a modo de los círculos del infierno de Dante- y que, al mismo tiempo, actúan como motor dramático de la historia.

Está el exterior, donde prima la presencia de Elena (Marta Etura), la esposa de Juan. Ella se nos presenta de un modo idealizado, a través de flash backs muchas veces, y como un fin, una esperanza para Oliver de mantener la esperanza.
Luego se encuentra el segundo círculo, el de los funcionarios. A su manera, estos también están encerrados, entre la libertad y la cárcel. Mantienen un juego con los presos y con el mundo externo. Manipulando la realidad (o intentándolo) a su conveniencia. En este sentido hay tres personajes interesantes, que representarían ciertos tópicos, una suerte de figuras icónicas; tenemos a Utrilla (Antonio Resines), un funcionario duro, al que no le importa utilizar la violencia física para obtener sus fines; a Armando (Fernando Soto), quien intenta anteponer su "humanidad" a su deber como funcionario y, por último a Almansa (Manuel Morón), quizás la figura más perversa de todas. El, como los generales de Senderos de gloria tiene un objetivo -finiquitar el motín- y no le importa utilizar todos los recursos -incluso los más sibilinos- necesarios para lograrlo, aunque eso implique sacrificar a sus peones.
Por último, la prisión. Aquí todo gira en torno a Oliver y a Malamadre, además de unos secundarios que destilan veracidad -para ellos si usaría esa expresión de actores de "carácter", porque detrás de todos ellos parece latir una historia.
De los protagonistas, querría destacar al recluso al que interpreta Luis Tosar, Malamadre. Sólo puedo decir que está MAGNÍFICO. Es una especie de general que camina entre sus tropas y cuya caracterización parte, sobre todo, de su voz. Por momentos -sobre todo al principio- parece casi una bestia irracional pero, poco a poco, se nos muestra como un líder que actúa con unos motivos. Lo que es implica un juego interesante por parte del director, entre las cuestiones éticas que impulsan el motín y la brutalidad con la que este se desarrolla.
Por otro lado, también destaco a Alberto Ammann que comienza como un individuo débil, que hace lo que sea por sobrevivir, pero que se va transformando, endureciéndose ante nuestra mirada.
De hecho, propone una situación muy curiosa, en el sentido que entre los dos personajes se nos plantea la importancia de las necesidades... para el "malo" lo importante son las necesidades de los demás; para el "bueno" las suyas. Ambas son correctas, las dos nos plantean hasta que punto llegaríamos para sobrevivir, pero también nos proponen un interesante juego moral.

La película me parece muy buena, sabe jugar con la trama y la sensación creciente de tensión, además de que -inteligentemente- va metiendo cosas, la crítica social, referencias al terrorismo, etc. Lo que me parece también muy curioso es que lo hace a través de una puesta en escena muy teatral, pero que me gusta, que le da fuerza, valor, a las interpretaciones (a la palabra) de los actores.

También es cierto que hay un aspecto que me plantea ciertas dudas, fundamentalmente en lo que respecta a dos personajes, los interpretados por Marta Etura y por Antonio Resines. Los suyos, son los más estereotipados en el sentido que representan ciertos.... "tópicos": la esposa/el funcionario violento. Entiendo perfectamente cual es el papel de cada uno en la función, de hecho son el motor de la segunda mitad de la trama, lo que hace que tras la primera hora en la que se nos plantea la acción, esta adquiera una dimensión un tanto más intima y, al tiempo, más dramática. Sin embargo, el problema es que la situación que plantea me resulta un tanto forzada.

Pero a pesar de este aspecto, es una película magnífica. Cuenta con unas interpretaciones prodigiosas -tanto en los protagonistas, como en los secundarios-, sobre todo (una vez más) la de Luis Tosar; con una trama sólida y una gran dirección que mantendrá al espectador en tensión de forma permanente.

2 comentarios:

  1. Extensa crítica (y muy completa), de la puede que consiga el Goya a la mejor película. Sobre todo, me intrigó mucho la relación última que se establece entre Juan y Malamadre, al final de la película. En la escena de la celda, donde dice que le habían dicho que lo matara, Malamadre hace gala de un estilo totalmente profesional: de mi no se ríe ni Dios, pero estamos juntos en esto, así que lucharemos hasta el final, aunque luego nos matemos. Sensacional

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  2. Muchas gracias, compañero. Esa parte que comentas es muy interesante, Hay una cosa, casi quijotesca, en el sentido que ambos ¿qué son? ¿enemigos? ¿amigos?

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